
Hubiera podido parecer que este verano me había librado de la maldición, pero ha sido una vana ilusión. La lesión, que parecía leve, y que llevo arrastrando todas las vacaciones simplemente ha retrasado su debut y justo empeoró cuando hube de incorporarme al trabajo.
Lo que peor llevo no es el hecho de haberme hecho ilusiones de salir indemne, ni el verme sometida a un encierro forzoso , con una dependencia importante de los demás, ni siquiera el desánimo que me ha apartado de mis actividades favoritas. Lo peor es el dolor, que no cesa ni de día ni de noche y que apenas me permite descansar.
Y precisamente a causa de una de las medicaciones prescritas es por lo que me permito desahogarme un poco en este medio infinito.
No sé porqué, pero desde que tomo el nuevo tratamiento tengo pesadillas a diario.
Ignoro qué significan, apenas si las recuerdo en el momento de despertar aunque se desvanecen sutilmente conforme voy recuperando la conciencia. Sólo sé que la almohada suele amanecer húmeda y hay rastros de lágrimas en mis mejillas.
He pensado en poner algún medio a mi alcance para recuperar esos sueños mientras aún circulan entre mis pensamientos, pero no sé si tendré el suficiente ánimo para transcribirlas en un cuaderno o dictarlas en una grabadora. Quizá no sea mala idea y pueda al menos recordar de qué colores se visten mis sueños.











