
Qué placer inesperado cuando una palabra, un gesto, se convierten en una poderosa fuerza que arrastra el pesar, convirtiéndolo en algo lejano, cambiante, cual lisérgica pesadilla de la que emerges tembloroso, empapado, pero más vivo que nunca.
Y no me resulta fácil reconocer cuánto lo necesitaba. Pero el orgullo es un cruel tirano.
Mark Twain dijo:
Para lograr todo el valor de una alegría has de tener con quien repetirla.
No sabía lo que tenía. Ahora, si.
¿Quieres oirla?