
A fin de cuentas, todo es un chiste.
Charles Chaplin.
Jo, he estado a punto de llamarlo "el sexto", pero luego me he dado cuenta que eso de ver muertos en ocasiones es casi una prerrogativa de mi profesión.
Números aparte, y obviando los miles de sentidos cotidianos a los que nos aferramos para sobrevivir (sentido de pertenencia, del ritmo, del equilibrio...) yo quiero referirme al que me ha hecho mantenerme en pie estas últimas semanas: el sentido del humor.
Nietzsche lo describió como una especie de catarsis: «El hombre sufre tan profundamente que ha debido inventar la risa».
Vale; es una huida, una manera de eludir momentáneamente la responsabilidad, pero ésta que escribe, cual cariátide que adorna su perfil, casi llega al punto de ruptura.
No me quejo. Asumo lo que tengo y lo que soy. Pero ¿no es lícito tratar de responder a la sobrecarga emocional con un poco de optimismo? Sobre todo, cuando el objeto de burla es una misma.
Sé que soy sarcástica, y que ha veces pierdo el sentido de la mesura, pero prefiero hacer caso de mi sentido del ridículo antes que caer en la autoconmiseración.
¿Alguie le ve el sentido a esto?