
Recuerdo que mi infancia estuvo marcada por dos pilares fundamentales: las normas y el respeto. Aunque casi pudiéramos fundirlas en uno solo puesto que la mayoría de las normas iban encaminadas a lograr que la díscola juventud de los !locos! sesenta respetara por encima de todas las cosas a su Dios, su Caudillo, su sociedad, sus padres y a sus mayores.
Tan arraigadas estaban estas normas que incluso ahora, que he alcanzado el ecuador razonable de mi vida, no soy capaz de resistirme a ceder el asiento en el autobús a un anciano, a ofrecerme a cruzar por un paso de cebra a un discapacitado, a ayudar a esa viejita gruñona del quinto a llevar sus compras, a tratar con dulzura a los abuelitos en el hospital.
Pero existen terroríficas excepciones...
Hace dos mañanas aguardaba con paciencia de mártir mi turno en el banco; desproporcionado desde mi punto de vista habiendo cuenta la misérrima cantidad a ingresar. Como me han enseñado, y visto el humor que gastaba el ganado esa mañana (Lunes de Resaca de la Feria local) pedí turno y me aseguré de colocarme en la cola correcta fuera a ser que perdiera más tiempo tontamente.
La gente seguía llegando; todos ordenados disciplinadamente hasta que llegó ELLA: setentaytantos, gafas de Rompetechos, carro de la compra sin dirección asistida y una determinación en el gesto que ya quisiera para sí Morante de la Puebla.
La buena moza, arrollando más de un tobillo y con cara de no haber roto un plato en la vida, comienza a driblar a los de la fila y como la que no quiere la cosa, se coloca estratégicamente junto al mostrador, bien entrada la línea de cortesía que (apenas) garantiza la confidencialidad. Con la mala suerte que la siguiente para atender era yo.
El señor que está detrás mía me da un toquecito en el hombro:-¿Va con usted? Porque parece que se cuela del tirón.
Al oír la palabra "colarse" un murmullo y una ola de inquietud recorre la fila. Se oyen protestas y una voz, en sottovoce me dice: es la Maleni. En tos laos hace los mismo.
Un coro indignado farfulla imprecaciones mientras la Maleni hace oídos sordos y saca la cartilla para entregársela al empleado.
Pero junto cuando va a soltarla me acerco y le digo:
-Disculpe, señora ¿Necesita hacerle alguna pregunta al cajero?
Se nota que la he pillado fuera de juego, porque durante el tiempo de un latido se queda callada. Aunque se recupera inmediatamente.
-¡Eh, no! Pero acabo en un momento.
-Disculpe de nuevo, pero no es su turno.- Contraataco.
-¿Pero qué hablas? Yo he llegado antes que tú, niñata.
-Disculpe. No sólo no ha llegado antes que yo sino que cuando a intentado pasar le he explicado qué cola es la de la caja y cuál la de las oficinas.
-¡Habrase visto qué falta de respeto!- Y levantando la cabeza se pone al final de la fila no sin antes dedicarme un gesto obsceno y arrearme un buen rodillazo al girarse.
Avergonzada por el número, me acerco al cajero quien sonriendo me dice: -Es justo lo que necesitaba: alguien que le parase los pies.
No digo que la buena señora no se lo mereciera, pero lamento haber sido yo la que protagonizara el suceso. Una parte de mí aún se avergüenza por lo que considera una rotura de las normas, sin embargo existen personas que abusan de su posición.
Lo que no sabía doña Rompetechos era que había ido a topar con un miembro del Tercio Español. Y que consideraciones morales aparte, en ocasiones no queda sino batirnos.