
El Corazón tiene razones que la Razón no entiende.
Blas Pascal
La ratita de nuestro cuento era cantidad de guay.
Vivía en un pequeño agujero que había decorado de forma coqueta, trabajaba mucho y duro para conseguir las cositas que hacía que se sintiera bien, tenía muchos amigos con los que realizar escapadas y viajes maravillosos y de vez en cuando se pegaba un buen homenaje culinario con el gusto exquisito que había llegado a cultivar.
Pero a pesar de toda esta apariencia nuestra pequeña ratita no era feliz.
Desde que lo conoció no pudo apartar los ojos del lindo gatito que la tenía embelesada.
Los otros ratoncitos sufrían cuando la veían sufrir. Y hasta una gorda y cínica rata que había vivido mucho y poseía la experiencia de la edad le aconsejaba que se alejara del que sólo quería engullirla después de jugar con ella.
El gato, malicioso, aprovechaba su vulnerabilidad. El juego del gato y el ratón nunca fue tan literal. Y ni todos los ruegos ni consejos consiguieron que la ratita dejara de elevar sus ojos a quien no le convenía.
No sé cómo acabará el cuento.
Pero ahora, los niños cerramos los ojos y rogamos para que la ratita recobre la razón.
Dedicado a mi amiga C. , que no se quiere lo bastante.
Porque nunca es suficiente.