
Y henos de nuevo aquí, viejo amigo.
Vas y vienes, y te acomodas en mi vida como si nunca hubieras desaparecido.
Como si lo natural consistiera en presentarse como el invitado sorpresa que acude desplegando la mejor de sus sonrisas, haciendo gala de todo su encanto y desparpajo, convirtiéndose en imprescindible...
Siempre inesperado, siempre bienvenido.
Trastornas mi perfecto mundo ordenado, me obligas a plantearme cuestiones incómodas, rompes mis esquemas con un simple chasquido de tus dedos, pero ¡cómo te he echado de menos!
¡Ah!Mis viejos demonios, inevitables, ávidos, pertinaces en su descaro, tan familiares.
Y al fin y al cabo ¡qué diablos! siempre tuve predilección por los chicos malos.
¿Quieres oirla?