
Hoy he tenido el día melancólico.
Pero no, nada de tristeza. Más bien ha sido como el despertar de un sueño, y comprobar que las cosas cotidianas, familiares, cómodas, estaban dónde tenían que estar.
Será que hoy por fin me he sentido bien por primera vez desde que enfermé hace una semana. Será lo que me gusta el cambio de horario invernal. Será el color de la tarde cristalino, desvaneciéndose, mientras sostengo un café al otro lado del frio cristal.
Han vuelto los puestos de castañas. Y el humo por las chimeneas. Y el cambio de ropa de temporada. Y arrebujarse calentitos en la cama con la compañía de un buen libro.
Ha llegado la hora de recojer, hacer balance, empezar a prepararlo todo para el siguiente año. Recordar...
No me puedo quejar, la verdad. Estoy justo donde tenía que estar.
Y si por el camino he perdido algo, no voy a poner las culpas donde no correspondan.
También he ganado cosas. He ganado en ilusión. He ganado en diversión. He ganado en madurez -¿quién decía que a estas alturas de la vida no se aprende?- y en tranquilidad de espíritu.
He llenado las cajas de mis recuerdos con los más preciosos objetos.
Y a su lado guardo los recordatorios que me hicieron sufrir con la misma avaricia que si fueran joyas.
No quiero desprenderme de nada, porque el año que viene, como estoy ahora a punto de hacer, abriré el equipaje y comprobaré que sigo viva.
Estoy bien. Estoy muy bien. Y me gusta.
¿Quieres oirla?