
Las cosas están empezando a ponerse malas en el trabajo.
¡Oh! No me refiero en lo personal. Yo sigo disfrutando de mi profesión, en la que soy un miembro bastante bien considerado. De hecho he sido de nuevo invitada a compartir mis conocimientos en una ciudad cercana, al sur de la mía. Además, la comisión de calidad acaba de insertar mis planes de cuidados en la cartera de servicios disponibles. Y he tenido el privilegio de ser la única en mi servicio que ha accedido a un módulo superior a la categoría que me corresponde.
No, la cuestión es que aún no ha acabado el mes y ya son tres las familias desconsoladas por la pérdida o las circunstancias.
Nunca se me ha dado mal servir de apoyo y consuelo. Siempre he logrado encontrar las palabras sinceras y el gesto oportuno para atemperar aunque sea levemente la pena.
Pero esta mala racha no sucedía desde hace mucho tiempo.
Y lo peor es la lista puede verse incrementada pronto.
Quizá porque yo me he visto tantas veces al otro lado del mostrador empatizo mejor con las familias afectadas. Quizá la experiencia personal ayude a valorar mejor el dolor ajeno. Pero me está haciendo cuestionarme algunas cosas.
Yo siempre he tenido la capacidad de separar la vida profesional de la personal. El hecho de despojarme del uniforme de trabajo cerraba mis circuitos lo bastante como para no sentirme afectada por las miserias de la enfermedad.
Pero ya son demasiadas de mis niñas. Tres se han ido. Otra padece un coma irreversible y un par de ellas más comienzan a manifestar complicaciones renales.
Quizá como en la canción de Golpes Bajos sean malo tiempos para la lírica. Pero aunque cada vez pago un peaje más alto, allí seguiré, decidida a compartir el dolor y el amor de mi gente corriente, de mi gente especial.
¿Quieres oirla?