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lunes, 25 de enero de 2010

Ya no quedan Escarlatas


La llamaban La Generala, aunque nadie osaba hacerlo en su presencia.
Poseía esa arrogancia de clase adquirida que un buen matrimonio y una cierta posición jerárquica garantizaban y solía abusar de su poder en la medida en que su estatus se lo permitía.
Tenía a su disposición todo lo necesario para satisfacer el menos de sus caprichos. Sus deseos eran atendidos tan pronto como la orden salía de su boca y su orgullo no tenía parangón.
Pero la vida la golpeó dónde menos lo esperaba. El barro de los pies de su ídolo de lo material cedió y repentinamente se encontró en la peor de las situaciones imaginables para ella: dependiendo del apoyo desinteresado de los demás.
Gritó, clamó al cielo, se rebeló... pero nunca aceptó con humildad las cartas que la vida le repartió.
Y cuanto más necesitaba de los demás, más soberbia se mostraba.
La Generala nunca aprendió la lección. Aún vaga aferrándose al naufragio de lo que pudo ser, con la falsa ilusión del orgullo intacto.
Nunca quiso pararse a pensar. Y algunas cosas no pueden dejarse para mañana.

8 comentarios:

Lenka dijo...

Cuántas veces me he encontrado con historias como esa!!! Es una pena. El dolor es algo inevitable. Haz lo posible porque, además, no sea inútil. Es mi mantra.

Lástima que tantas Generalas y Generales no logren aprender esa lección tan valiosa!!!

Cris dijo...

Todos tenemos dolores, porque como bien ha dicho Len, es algo inevitable. Pero algunos lo llevan mejor que otros. Y lo más importante es que a veces con esos dolores uno se hace más fuerte,
Muchos besos.

Eli dijo...

Esta reflexión no va del dolor.
Trata de un inmenso egoismo autocompasivo y un rechazo total a las responsabilidades adquiridas hasta el extremo de pillar una rabieta pueril contra el mundo.

Ya está bien de negar las cargas propias y culpar al destino, a la sociedad, a los estamentos de algo que no es culpa de nadie.

Asúmelo, o sigue siendo una niña mimada insufrible.

Jose dijo...

Eso creo que se resume muy bien en: aunque la mona se vista de seda, mona se queda.

O esa mujer cambia de animal o se seguirá quedando mona...puede que una mona mona, pero sola.

Eso tambien creo que es una pizca de egoismo y una pizca de cobardía, de no querer enfrentarse a una vida real y a una situación presente como persona adulta.

Besos y valor!

Lenka dijo...

A eso iba yo, Eli. Si a pesar del dolor (inevitable como sabemos) sigues toda la vida siendo egoísta, quejica, te victimizas, culpas a otros, te lamentas contra el mundo, te permites despreciar a quienes intentan ayudarte y pretendes que el mundo se pase la vida contemplándote... es que no has aprendido nada. Así que, además de inevitable, tu dolor es inútil por completo!!

Y cuántos son así, además!!

Cris dijo...

Pues teneis razón, yo había entendido mal la entrada. La verdad es que he vivido de cerca esa situación, en la que por cada cosa mal que te sale siempre se le echa la culpa al de al lado, ¿por que? Sencillamente porque no reconocen sus errores, porque no quieren reconocerlos, o porque se dan cuenta de que el resto tienen razón y no le gusta que le digan la verdad. Y eso es de a parte de ser egoista de ser pienso que cobardes.
Ese tipo de personas o se dan cuenta de verdad de sus propios problemas, sin hacerse las víctimas, o es difícil que cambien.
Muchos besos, Eli.

Sra de Zafón dijo...

Tu reflexión es buenísima, Eli, pero además quiero que escuches mis aplausos por tu manera de escribir. Esto es un cuento breve maravilloso.
Plas, plas, plas

Genial!

Besos

Eli dijo...

Gracias por tu entusiasmo, Doña. Me ruborizas, y no es para tanto, la verdad.
Pero es genial que te guste!

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